DÍA 4 QUE FUERA

La frase popular "Día 4 que Fuera" hace referencia a la víspera de las Fiestas de Moros y Cristianos de Villena.

Hasta los años sesenta, las fiestas comenzaban el día 5 de septiembre por la mañana con la Fiesta del Pasodoble, y fue en esa década cuando se añadió el pregón de fiestas. Por eso, el día 9, después de despedir a la Virgen por la mañana y de celebrar la entrada de Nuevos Capitanes y Alféreces; y el intercambio de bandas, por la tarde, la gente decía popularmente "día 4 que fuera", expresando así su deseo de que las fiestas empezaran de nuevo ese mismo día, es decir, que o terminaran.

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Día 4 que FueraDescubriendo acervo festero Acervo festero: “El río del día 6”

Acervo festero: “El río del día 6”

Máximo García Vidal Cronista Comparsa de Moros Nuevos

Siendo el día 5 de Septiembre el día por excelencia, que lo es, eternamente soñado y deseado por todo festero, he de reconocer que siento especial devoción por el día 6.

Comienza el día 6 como el nacimiento de un río, lamiendo las heridas ocasionadas por los excesos debidos a la inconsciencia y a la ansiedad acumulada durante un año, desbordándose impetuosamente al compás de las primeras notas festeras.

Empieza el día 6, digo, con la visita ineludible a la Morenica, que con su mirada amorosa nos da aliento, consuela nuestras penas y da sentido a todo. Y empieza también con la primera Diana, que nos permite disfrutar del vaivén del amarillo bombacho moruno y que, madrugadora, llena de luz, música y color las calles de nuestra ciudad. Pasodobles, alhábega y cantueso, mezcla matutina para encauzar el día.

El posterior encuentro en el Cementerio con aquellos que nos precedieron supone, indudablemente, uno de los actos más emotivos de nuestra Comparsa. Íntima reunión con nuestros seres queridos, esos que nos han dejado en cuerpo, pero que permanecen para siempre en nuestra memoria. Es la misa del Cementerio un momento de recuerdo, de sonrisas arrancadas con anécdotas pretéritas y de respeto y reverencia hacía todo ese pasado que nos observa con cariño paternal, pero con cierto nivel de supervisión, para comprobar los derroteros por los que llevamos a su Comparsa.

Nace a continuación el afluente más importante de este río, y lo hace con una fuerza inapropiada para su tamaño. El Desfile de la Esperanza es un arrebato, una explosión infantil en la que los niños asumen, y de qué manera, el protagonismo. Y sabedores de ello, toman las calles de nuestra ciudad rebosándolas de alegría, ilusión y esperanza, con esa algarabía tan característica, que logra despabilar la tranquila quietud de nuestros espíritus, haciéndonos resucitar de nuestra hastiada comodidad y despertando, año tras año, al niño que todos llevamos dentro.

Los niños, impasibles a la marabunta de progenitores que les acompaña durante el itinerario, conquistan cada una de las almas que osan cruzarse en su camino. Ellos hacen fácil lo difícil y se centran en lo realmente importante: la Fiesta, la música, el desfile. Arrancan con su naturalidad los aplausos del personal que, rendido, se deja conquistar sin remisión por tan inocente tropa.

El agua parece detenerse en la visita vespertina al Asilo, el embalse de la vida que es la tarde del día 6. El encuentro con nuestros mayores, bañado con los acordes de la banda de música, supone el acto más meritorio y conmovedor de todos los que se convocan por la Comparsa. Tal vez en esto no soy del todo objetivo, puesto que relaciono ese momento con una de las personas importantes en mi vida, mi abuelito Remigio, que con 80 años aún me animaba a ir a pasar la tarde con los abuelicos del Asilo, “que están mayores y lo agradecen mucho”, decía…

Cuando la banda de la Comparsa hace entrada en el patio del Asilo, las caras de los residentes se iluminan y durante esa tarde nos hacen merecedores de su compañía y nos hacen sentir, por una vez, útiles. Muchos piensan equivocadamente que somos nosotros los que les hacemos un favor a ellos, pero nada más lejos de la realidad. Es su “matusalénica” bondad, su anciana sonrisa, su vetusta sabiduría la que nos gratifica infinitamente y su pausada paciencia la que pone orden a nuestro caos, haciéndonos ver lo que vendrá y lo perecedero del presente y efímero del ahora. Nos reconfortan sus miradas. Nos reconforta su cariño.

Y tras la plácida calma, todos los arroyos alcanzan la cuenca principal, y estrepitosamente confluyen como un único torrente hacia la cascada final: la Cabalgata. Y sin importar lo intempestivo del horario, nuestros bloques conquistan las calles. Nuestros rojo, azul, verde y amarillo seducen a los insomnes espectadores que disfrutan de la tardía recompensa de ver a los Moros Nuevos de Villena desfilar, refrescando la noche festera con sus abanicos mientras sus corazones laten al son de las marchas militares.

Y uno mira a un lado y a otro, y se encuentra en su tierra, sintiéndose bajo el protector manto de la Morenica, rodeado de amigos. La música invade los sentidos y, marcando el paso, la Escuadra tras su Cabo guía a la Comparsa por los derroteros de la Cabalgata. Y el público se llena de seres queridos, de aplausos, de fervorosos saludos, de besos.

Y en ese preciso instante uno, al fin, es.

 

Moro Nuevo Máximo García Vidal

Al Taqaddum (Iraq)

14 de enero de 2019

 

 

 

Francisco Ribera Sevilla

cronistasvillena@gmail.com

Cronista de la Junta Central de Fiestas de Moros y Cristianos de Villena

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