Corazón verde y espíritu tornasolado
“Masero, masero, masero
el color a las Fiestas le das”
Versos finales del pasodoble Masero, de Antonio Milán Juan
“El color de la fiesta” es el nombre de la pintura que Pedro Marco entregó a la Junta Central de Fiestas por su 50º Aniversario bajo encargo de comparsas y Junta de la Virgen. De la paleta de nuestro talentoso paisano no solo brotaba la explosión cromática de nuestros Moros y Cristianos, sino también un mensaje esencial: los colores son una de las señas de identidad principales de cada comparsa. En un rápido vistazo a dicha obra, reconocemos a éstas por los colores más que por las formas del sugerente trazo. Nos zambullimos también en el contorno de detalles como nuestra montera y las horcas de madera cruda, pero algún que otro color nos delata. Y, por contraste con otras comparsas, sobre todo nuestros hermanos del Bando Cristiano, empezaremos con el que más nos distingue.

Detalle en “El color de la fiesta” de Pedro Marco, fotografiado por Toni Gómez
Del color de la alábega
Al calor de esta idea, la Comparsa de Labradores de Villena viste polícroma, pero con un claro protagonista: el verde. El color de la vida. De la naturaleza. Desde las distantes y frondosas selvas a la apacible hierba de un campo primaveral. Allá donde hay verde, la vida se abre paso, prolifera y lo canta al mundo.

Un color tan potente como el simbolismo de la misma idea científica que explica su universalidad natural. Es el tono del pigmento vegetal más célebre, la clorofila, que permite la fotosíntesis. Ese proceso mediante el cual las plantas son capaces de transformar la brillante energía del sol en nutrientes. Primero para ellas, luego para los demás. El origen de toda vida terrestre. No es de extrañar, por tanto, que el verde sirva para representar a los labradores como habitantes de lo natural. Aquellos que obran la metamorfosis del entorno para crecer de la tierra el pan de todos.
Todas las asociaciones que hagamos actualmente con el verde derivan de ello. Desde la ecología como ciencia, al ecologismo como movimiento y al color político. También esa relación que todos conocemos: el verde es el color de la esperanza. Y lo es porque con la llegada de la primavera los campos se tornaban esmeralda, germinando la ilusión del pueblo por una promesa de cosecha. Una creencia arraigada desde el Medievo.
Los maseros representamos al pueblo llano y el peso de la agricultura en Villena. Y, aunque nuestro traje se base en el del agricultor valenciano del siglo XIX por influencia del alcoyano, múltiples elementos lo destacan. Las borlas de seda que rematan el cordón también verde del pantalón masculino, la cinta de las alborgas y los detalles de bordados y algunos gorros de campaña. En el traje de masera el verde resplandece en la falda gracias al raso, en contraste con el terciopelo esmeralda del fajín, telón de fondo de esta vestimenta. En la manta y la blusa femeninas, la pasamanería y los detalles dan realce a este color. De madera verde también es nuestro farolico de la Procesión y el fondo de las bandas de nuestros cargos. Y, faltaría más, es el color de nuestras banderas, epítome de lo que es el verde para la comparsa. Porque para nosotros también representa la vida. A pesar de que Lorca volcase sobre el verde una metáfora de la muerte aprovechando el carácter misterioso de este color omnipresente en nuestro mundo, nosotros nos aferramos a su más primitivo significado ¡Si hasta nuestra icónica escuadra se conoce como “Los Verdes”!
Nuestro carácter llano y afable también se refleja en el proverbial “estar verde”, que referimos a algo todavía por madurar, alguien ingenuo. El verde, por tantos motivos, es nuestro color, pero repasando el traje, los complementos, las armas… ¿es su protagonismo tan absoluto como otros colores para otras comparsas?
Una paleta iridiscente
No es tan sencillo describir cada elemento del traje en el cual aparece y se oculta el verde. Y esto sucede porque realmente éste se funde en una paleta multicolor. Especialmente en el de masero, es fácil perderse en el arco iris de los bordados de los chalecos y los entramados de las mantas. Dos elementos distintivos que no solo nutren la vista de colores alegres, sino que ambos dan espacio a la fantasía por la libertad del dibujo en el dorso del chaleco, también en las solapas aterciopeladas. Una vez más, el apego por la naturaleza con sus motivos florales, la policromía de un paisaje campestre y bucólico, rayando el paraíso. Diversidad de colores que también retratan al pueblo, el más numeroso estrato social donde personas y personalidades diferentes tienen cabida.
Más allá de todo el espectro que podemos hallar, destacaremos varios tonos más. Por un lado, la nada. La ausencia de todo color: el negro. La representación de la pulcritud, la elegancia, la austeridad de la vida rural. Gran protagonista del traje de masera, en la sobrefalda, el chaleco, manta y redecilla. También en el pantalón masculino, paradigma de uno de los grandes cambios acometidos en nuestro traje por motivos higiénicos. Porque, para la verbena y la juerga, el negro es un color menos sucio, claro está. Y en nuestra montera, un fondo donde reposa la imagen de la Morenica, trenzada de espigas y flores. El no color que nos recuerda la solemnidad de nuestras Fiestas.
De otro lado, el todo: el blanco. Lo inmaculado. Los zaragüelles que todavía gritan que ellos estaban antes que el negro en nuestra comparsa. Y, si las solapas del chaleco masculino son negras, el dorso es un lienzo en blanco donde cada cual pinta su utopía festera particular. Y el resto de prendas níveas, inocentes, como las alborgas, la camisa, las medias, las enaguas, la blusa… Prendas donde la luz se posa advirtiendo la sencillez de nuestra comparsa.
Y si el verde, negro y blanco tienen lugar en ambos trajes, femenino y masculino, hay dos colores que contraponen ambas vestimentas. Están en una pero no en la otra, y viceversa. En el de masero, el rojo. De la faja, detalles de montera y manta, y algunos gorros de campaña. Una veta de la pasión y la entrega, traslación de nuestra participación allí donde se nos invoca. Sin embargo, echaremos de menos el escarlata en el traje de masera a cambio de revelar el dorado como un toque del lujo que ejemplifican nuestras fiestas. Un capricho, una frivolidad quizá para ser nosotras, que también se explica por ser una sofisticación del amarillo de los campos de trigo, los mares de cereal que tanto conocemos en nuestra Villena. Alejado de la idiosincrasia labradora, pero que remata soberbio la puntilla de la redecilla y engalana el chaleco.
El resto de colores, como ya advertía, pueden colarse en las florituras de nuestras mantas y chalecos. Algunos osados, como encontrarse un azul cielo o aguamarina en nuestro traje; otros extravagantes, como morados y similares. También chillones, como el amarillo de algunos gorros de campaña. Fuera de ellos, el metal cromado de algunas armas como hocetes y hoces confronta con el marrón bruto y desnudo de las horcas, palas y garrotes. Y eso que no hemos entrado en las Escuadras Especiales…
Podríamos no acabar nunca. En nuestra comparsa, podríamos bucear en esa amalgama infinita que alegra las calles a nuestro paso. Esa pluralidad de pinturas que celebra la variedad de nuestras fiestas. Porque “Para gustos, colores”. Y para colores, los maseros.
