El verde rebelde vuelve
Un pendón y nuevos vientos.
Cada septiembre, puntuales como el bombo del día 5, alguien abre el cajón donde duermo el resto del año. Me desdoblan con cuidado, como si despertaran al abuelo de la siesta, me sacuden el polvo, me estiran con paciencia las arrugas del olvido y, al fin, me cuelgan de nuevo en el mismo balcón de siempre. Allí dónde veo pasar los primeros días del último mes del verano, donde me espera otra vez el aire de nuestra Villena.
Soy un pendón verde. Verde nazarí. Con los leones dorados bordados en mi piel. Soy ese saludo de bienvenida a las Fiestas, esa señal de que algo se está cociendo, ese estandarte que dice: “Eh, aquí viven unos moros de los buenos”, ese símbolo de una comparsa que nunca ha sido la más grande, ni la más rica, ni la más seria… pero sí familiar, divertida, irreverente, llena de gente con un corazón del tamaño del Castillo de la Atalaya. Una comparsa de chascarrillo rápido y copa llena, de tertulia en la calle y abrazo sin pedir permiso. Soy ese trozo de tela que guarda entre sus recuerdos los abrazos de tu padre después de un desfile o los besos de tu abuela en la carroza.
Desde aquí colgao veo muchas cosas. Las calles que poco a poco se engalanan y se van llenando de vida, las primeras bandas y los primeros pasodobles, las tribunas que cada año llenan más y más el horizonte, los chavales que estrenan zapatillas de loneta que no durarán limpias ni dos días, las escuadras que hacen planes que no cumplirán… Los balcones y ventanas empiezan poco a poco a llenarse de hermanos míos: otros colores y otras formas que hablan de muchas cosas, porque durante unos días en esta ciudad los colores no son sólo colores: son identidad, familia y alma.
Este año, eso sí, he notado algo diferente. Las manos que me han colgado eran nuevas. O quizá eran las mismas, pero tenían como un pulso distinto. Más ilusionado. Tendrá que ver con eso que se comenta por casa, que una nueva directiva ha llegado como llegan los nuevos vientos: sin hacer mucho ruido, pero trayendo un nuevo impulso de alegría y brío. Un grupo que viene a remover las brasas. A meterle pólvora al corazón de lo que nos une. Gente con ganas, ilusión y nuevas ideas, con esa risa entre dientes que solo tienen los que saben que las Fiestas se hacen mejor cuando te lo pasas bien y cuando las pasas junto a los tuyos.
Ahora los clavos que me sujetan están ya algo oxidados. He visto distintas generaciones pasar desfilando bajo mi calle, he escuchado voces que ya no están y carcajadas que todavía resuenan. Y mientras la vida avanza, aunque cada septiembre esté algo más deshilachado y siga con el dobladillo que se descosió en 2003 sin arreglar, es ahora cuando mis ojos empiezan a ver menos y mi corazón empieza a ver más. Es ahora cuando empiezo a entender lo que de verdad significa el verde de mi tela.
Porque no se trata de un color. Nunca ha ido de eso. Es un legado. Una promesa que se hacen unos a otros: que mientras haya alguien que se ponga ilusionado un fez rojo con una borla arcoíris, mientras haya un niño que cante aquello de “desfilan muy sonrientes, de la Losilla al Portón”, mientras haya quien se emocione al ver acercarse por la corredera un bloque de punchas o abanicos… habrá Nazaríes.
Y así, cada septiembre, puntuales como el bombo del día 5, alguien me volverá a sacar del cajón de los recuerdos. Me volverá a colgar en este viejo balcón. El aire que baje de Las Cruces me volverá a agitar con fuerza y yo ondearé una vez más, feliz y orgulloso. Y alguien (quizás una niña que aún no entiende de Fiestas ni comparsas, quizás un anciano que ya no pueda desfilar) me mirará y sabrá que hay cosas que no se apagan jamás. Que el alma de los Nazaríes sigue viva. Soplando bajo nuevos vientos. Más verde que nunca. Tan rebelde como siempre.
Javier Román Beneito. Cronista Moros Nazaríes.
