La partida de cada septiembre
Hay algo en los colores del Bando Marroquí que siempre me han parecido un tablero de parchís. No es solo la coincidencia de los cuatro colores: rojo, verde, amarillo y azul. Es la manera en la que cada uno se abre paso en la fiesta, como las fichas que empiezan en la casa y salen a caminar el tablero de la vida. Quizás por eso, cuando veo el bloque con sus trajes, capas y velos, no puedo dejar de pensar en todo lo que esos colores representan, no solo en la comparsa, sino en los sentimientos que nos atraviesan cada mes de septiembre.
El rojo, intenso, se adhiere a la mirada como un latido. Es la fuerza, la emoción primera, la que golpea el pecho el día que suenan las primeras notas de un pasodoble y sabemos que ha llegado la hora. Rojo es también el abrazo que se da cuando ves a alguien que no has visto en todo el año, y que de repente vuelve, como si en el tablero de la vida su ficha se cruzara de nuevo con la tuya. Y en ese cruce, el tiempo no ha pasado. El rojo lo inunda todo, es ese instante en el que el cuerpo se te enciende y entiendes que empiezan los días en los que todo es diferente. Es la pasión que no necesita palabras, la que nos hace avanzar aunque la partida esté llena de obstáculos.
El verde tiene otra cadencia. Es esperanza, calma y promesa. Es la sensación de saber que, aunque a veces el dado no te dé los números que quieres, siempre hay una nueva tirada. El verde acompaña al rojo y lo suaviza, porque sin él todo sería demasiado intenso. Es el color de las mañanas de septiembre cuando aún no hay música y uno camina por las calles vacías, sabiendo que algo está a punto de empezar. También es el color que sostiene a quienes sienten el vacío de la ausencia, a los que miran alrededor buscando a alguien que ya no está, y sin embargo siguen avanzando, como si la ficha, aún en el tablero, aprendiera a caminar por sí sola.
El amarillo es el estallido. Es la alegría de los días grandes, el sol que se refleja en los bordados de los trajes, el color de la infancia que nunca nos abandona del todo. Amarillo es ese momento en el que por fin sacas tu ficha de casa y sientes que la partida empieza de verdad, que todo lo que has esperado ha merecido la pena. Es el sonido de los metales golpeando al compás de las marchas moras, la carcajada en una esquina, el reencuentro con los amigos de siempre en el mismo lugar de cada año. Es luz y celebración, y a la vez nos recuerda que cada jugada es efímera: lo que empieza acaba, y el amarillo, como el verano, se guarda en la memoria hasta que vuelve.
Y está el azul, profundo y silencioso. Es el color que a veces nos envuelve cuando la fiesta se apaga y volvemos a casa. Es la nostalgia que queda cuando el último redoble se pierde en esa calle vacía. Azul es también el cielo que ha sido testigo de todo, el que guarda las notas, los pasos y las miradas. Es el color de los días en que uno piensa en quienes faltan, en esas sillas vacías que se ven desde el desfile, aunque estén llenas de gente. Y, sin embargo, también es un color que cuida: en el tablero, el azul nos recuerda que no importa cuántas veces tengamos que empezar de nuevo, siempre habrá un lugar al que volver, y ese lugar siempre serán mis Marruecos.
Estos cuatro colores, que visten el Bando Marroquí, se enlazan como las emociones de la vida. La fiesta es, en el fondo, una partida de parchís que empieza de nuevo cada septiembre. Pasamos un año entero esperando ese momento de sacar las fichas, de escuchar el dado golpear la madera y descubrir qué número nos toca. Algunas veces tenemos la suerte de sacar un cinco a la primera y salir; otras nos toca esperar en casa, viendo cómo los demás avanzan, con la impaciencia que solo entiende quien lleva meses guardando las ganas. Pero la vida y la fiesta tienen algo en común: aunque el dado no salga como quieres, el tablero siempre está ahí, esperándote.
Cada desfile es un recorrido por esas casillas invisibles. Salimos con ilusión, avanzamos entre calles llenas de gente, nos cruzamos con fichas de otros colores, compartimos risas y, a veces, también lágrimas. Hay turnos en los que la suerte parece sonreírnos: la música te lleva, los pasos se hacen ligeros y todo encaja. Y otros en los que la marcha es lenta, o el cansancio pesa. Pero igual que en el juego, seguimos adelante porque sabemos que al final nos espera la meta: esa sensación única cuando las fiestas están en su punto más alto, cuando todo se ilumina.
También está el otro lado: cuando las fiestas se terminan y el tablero se recoge. Ahí llega el silencio, y el azul se impone. Es un momento que duele, porque después de vivir tanto en tan pocos días, volver a la rutina parece un retroceso. Pero quizá por eso las vivimos con tanta intensidad: porque sabemos que son finitas. Y en esa despedida hay algo parecido a cuando una ficha vuelve a la casa después de haber recorrido todo el camino. Se empieza de cero, pero con todo lo vivido guardado, sabiendo que en el recuerdo siempre queda ese azul marrueco que nos mueve a todos los bonitos recuerdos.
A veces pienso en los que ya no están y en cómo sus fichas siguen en el tablero, aunque nosotros no las veamos. Los colores los recuerdan. Los veo en el rojo que enciende los abrazos, en el verde que calma, en el amarillo que nos hace reír, en el azul que recoge los recuerdos. Porque si algo tienen las fiestas, y quizá también la vida, es que los colores nunca se borran: permanecen incluso cuando las fichas descansan.
Los trajes del Bando Marroquí llevan todo esto cosido en sus hilos. Cada bordado, cada tela, cada tono es un símbolo de esta partida que jugamos cada año. Son mucho más que un uniforme: son la memoria de quienes salieron antes que nosotros, el orgullo de quienes los llevan ahora y la promesa de quienes los vestirán después. En ellos caminan los recuerdos, la esperanza, la alegría y la nostalgia.
Cuando los miro, pienso en cómo la vida se parece tanto a ese tablero que se despliega en septiembre. Porque en el fondo, todos somos fichas intentando encontrar nuestro lugar entre los colores.

